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El FBI le ha declarado la guerra al software
de encriptación. Según los responsables de la seguridad de los
ciudadanos norteamericanos, es crucial que las autoridades
puedan cuando lo deseen intervenir cualquier intercambio de
información que se produzca electrónicamente. Ésta sería, al
parecer, la única medida que podría evitar que hechos como los
acontecidos el pasado día 11 vuelvan a producirse. No obstante,
no se pide que se prohíban los programas que convierten en
seguras las comunicaciones de los internautas sino, simplemente,
que éstos incluyan una "llave" que permita que los
agentes policiales, sin previo aviso, puedan acceder al
contenido de los mensajes electrónicos personales que se
transmiten a través de Internet.
A favor y en contra de tan particular medida
se encuentran políticos, defensores de las libertades y
ciudadanos. Si hace unos días, informábamos de que cerca del
75% de la población norteamericana estaba de acuerdo en que se
vigilarán sus e-mails, ahora que la tragedia va quedando
atrás, son cada vez más las voces que se oponen a que se
sacrifique la libertad de expresión y el derecho a la
privacidad por la seguridad nacional. Además, se están
analizando las repercusiones económicas que supondría el que
los programas de encriptación permitieran el acceso a terceros.
Por poner un ejemplo, el comercio electrónico sería el gran
perjudicado justo ahora que parece que empieza a despegar el
vuelo. No se pueden obviar que, en determinadas ocasiones, hay
razones que precisamente por seguridad nacional tienen que gozar
de una disponibilidad absoluta de programas de encriptación
fuerte. Este es el caso de los llamados objetivos vitales como
plantas de electricidad y energía atómica que utilizan la
tecnología de cifrado para proteger los sistemas e
informaciones de ciberataques que podrían causar incluso más
daños que los atentados cometidos el pasado día 11 en el país
norteamericano puesto que se consideran los pilares de la
seguridad doméstica.
En esta línea se expresa Bill Crowell,
miembro de la Agencia Nacional para la Seguridad, quien afirma
que el peligro de debilitar la encriptación es que la seguridad
nacional se puede volver todavía más débil. Además, Crowell
aseguraba que no había ninguna indicación que hiciera pensar
que la Administración estaba pensando seriamente en llevar a
cabo este tipo de medida.
Por otro lado, colectivos en defensa de la
libertades civiles de todo el mundo se muestran reacios a la
respuesta del Gobierno de Bush puesto que creen que se ha
aprovechado los tristes acontecimientos para aprobar unas leyes
mucho más restrictivas y así poder controlar todo el grueso de
la información que circula por la Red.
Sea como fuere, una vez más el debate está
servido y todo lleva a pensar que no se puede llegar a un
consenso en el que Internet y los principios en los que se
sustentan no salgan perjudicados.
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